Compro menos cosas y soy bastante más feliz

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Graham Hill. Diseñador norteamericano

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Vivo en un departamento de 39 metros cuadrados. Duermo en una cama rebatible. Tengo seis camisas de vestir, diez bols en los que como las ensaladas y los platos principales. Cuando viene gente a comer bajo mi mesa rebatible. Poseo el 10% de los libros que tenía antes.

Mi vida ha cambiado mucho en comparación con la que hacía a fines de los años 90, cuando, con abundancia de dinero luego de la venta de un emprendimiento de Internet, tenía una enorme casa llena de cosas: productos electrónicos, autos, electrodomésticos y aparatos de todo tipo.

En cierto modo, esas cosas terminaron por gobernar mi vida, o buena parte de ella. Las cosas que consumía terminaron por consumirme.

Vivimos en un mundo de excesos, de grandes tiendas, de oportunidades de compra online las 24 horas. Los miembros de todos los sectores socioeconómicos se inundan de productos. Esto no significa que esas cosas nos hagan más felices. Por lo que parece, es al revés.

En mi caso, me llevó 15 años, un gran amor y muchos viajes deshacerme de todas las cosas superfluas que había reunido y llevar una vida mejor y más rica con menos.

Tuve suerte, ya que no todos pueden vender un emprendimiento de tecnología. Pero no fui el único cuya vida se vio desbordada por el exceso de pertenencias.

¿Ese consumo infinito deriva en una mayor felicidad?

En un reciente estudio, el psicólogo Galen V. Bodenhausen, de la Universidad del Noroeste, vinculó el consumo con una conducta antisocial aberrante. Bodenhausen determinó que “ independientemente de la personalidad, en situaciones que activan una actitud consumista, la gente suele desarrollar un desinterés afectivo y social”. Si bien la actividad de los consumidores estadounidenses ha experimentado un incremento importante desde la década de 1950, el nivel de felicidad no ha crecido.

La intuición nos dice que lo mejor de la vida no reside en las cosas, y que relaciones, experiencias y un trabajo que nos guste son las bases de una vida feliz.

Me gustan las cosas materiales tanto como a cualquiera. Estudié diseño de producto y me entusiasman los aparatos, la ropa y todo tipo de cosas. Pero la experiencia me indica que, pasado cierto punto, los objetos materiales suelen tapar las necesidades emocionales que se supone respaldan. Con frecuencia, los objetos materiales ocupan tanto espacio mental como físico.

Sigo siendo un emprendedor compulsivo, y mi último emprendimiento es el diseño de viviendas chicas que contribuyan a nuestra vida, y no al revés. Como el espacio de 39 metros en el que vivo, las casas que diseño tienen menos cosas y hacen más fácil a sus propietarios vivir con sus propios recursos y limitar su huella medioambiental.

En mi departamento duermen cuatro personas con comodidad, y suelo organizar comidas para doce. Tengo un espacio bien construido, accesible y tan funcional como viviendas del doble de su tamaño. Duermo mejor porque sé que no uso más recursos de los necesarios. Tengo menos y disfruto más.

Copyright The New York Times, 2013

Traducción de Joaquín Ibarburu.